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Del atropello al Karma. La fuga de Alfaro al Verde y la hipocresía legislativa

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Por: Jorge Eduardo García Pulido

La verdad Jalisco.

El reciente arribo del diputado Alberto Alfaro al Partido Verde no es una victoria política, es la culminación de una cadena de errores morales. Lo que hoy vemos en el Congreso no es solo reacomodo, es el karma alcanzando a una legislatura que brilló por su falta de liderazgo y su nula empatía cuando permitieron el atropello contra la persona de Cecilia Márquez.

Hoy festejan y buscan nuevos colores, pero olvidan que fueron copartícipes de la injusticia. Vieron el poder del Senador Carlos Lomelí operando para impedir que Cecilia llegara como diputada y, en lugar de defender la legalidad o la dignidad de su compañera, callaron.

El karma es puntual: aquellos que estuvieron de acuerdo con los atropellos o miraron hacia otro lado por conveniencia, hoy deambulan buscando refugio político. ¿Por qué festejar a quien validó con su silencio la injusticia?

La hipocresía es evidente. Cuando Lomelí usó su poder contra Márquez, nadie dijo nada; el juego era divertido mientras no fueran ellos los afectados. Pero cuando el Senador quiso someterlos a ellos, entonces el «juego» dejó de ser gracioso y se convirtió en agravio. Su brújula moral no apunta a la justicia, apunta a sus intereses.

Lo que resulta de este escenario es un proyecto ambicioso y estrictamente personal por parte del diputado y de quienes le aplauden. Todos los que hoy salen corriendo de Morena (MRN) han caído en el error de creerse más grandes que el movimiento.

Creen que su nombre pesa más que los principios del Nuevo Humanismo Mexicano, sin entender que fue ese movimiento el que les dio relevancia. Al final, este transfuguismo solo exhibe la pequeñez de quienes cambian de camiseta porque nunca entendieron el peso de la lealtad ni la gravedad de permitir, en su momento, que se atropellara a una compañera.

Finalmente, hay que admitir una verdad fría: Carlos Lomelí tiene razón. Lo que hace, lo hace estrictamente para tener el control y el poder; esa es la lógica implacable bajo la que opera. Sin embargo, su gran fallo está en la ejecución: no le ayudan sus formas. El poder se puede tomar por la fuerza, pero el liderazgo se pierde en el atropello. Y en ese choque de trenes, tanto el que atropella como el que calló, terminan perdiendo.


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