
Por Mariana Navarro
Periodista cultural | Experta en ética aplicada
La Verdad Jalisco
Los niños deben ser cuidado antes que argumento,
presente antes que cálculo,
vida antes que cualquier interés adulto.
Durante mucho tiempo, la defensa de la infancia pareció una lucha solitaria, casi íntima, sostenida por abuelas, madres, familias aisladas que tocaban puertas sin eco. Hoy, algo empieza a cambiar. No porque el daño haya desaparecido, sino porque ya no pasa inadvertido.
Lo que antes se vivía como dolor privado comienza a ser reconocido como una herida compartida. La vulneración de la infancia dejó de percibirse como excepción doméstica para mostrarse como un fenómeno que atraviesa comunidades, instituciones y estructuras completas.
EL ENCUENTRO
Del 30 de enero al 1 de febrero de 2026, en el ITESO, se realizó el Diálogo Nacional por la Paz. No fue un acto solemne ni un ejercicio de retórica pública. Fue un espacio de deliberación ética en un país marcado por la violencia persistente y la normalización del daño.
Más de mil personas provenientes de distintos ámbitos se reunieron con una convicción compartida: la paz no puede seguir pensándose como una promesa futura mientras el presente de la infancia permanece en riesgo.
La presencia y firma de universidades, organizaciones civiles, comunidades religiosas, sectores empresariales y actores sociales no fue decorativa. Fue una toma de posición pública. En ética aplicada, cuando una institución firma, acepta que su palabra compromete sus prácticas y que el cuidado de la infancia deja de ser un ideal para convertirse en un criterio exigible.
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LO QUE DIJO EL COMUNICADO
El comunicado fue claro y deliberadamente firme. No aceptar que el futuro de niñas y niños se hipoteque por falta de condiciones para crecer. No negociar la dignidad humana a cambio de intereses económicos o políticos. No ser indiferentes ante el dolor ni ante la vida que pende de un hilo. Rechazar toda forma de complicidad frente a la violencia estructural y sistémica.
No se trató de consignas morales, sino de límites éticos. De esos que aparecen cuando una sociedad reconoce que el daño ya no es excepcional ni privado, que se repite en distintos espacios y que, si no se nombra, se convierte en costumbre.
El texto habló de refundar la comunidad: de aprender a encontrarnos y escucharnos, de transitar los conflictos sin convertirlos en heridas permanentes, de llegar a acuerdos sin cancelar al otro. Habló de cuidar la fragilidad, preservar la vida y posibilitar futuros desde los espacios donde se toman decisiones que afectan a otros: la familia, la escuela, el barrio, el trabajo, las instituciones.
La expresión esperanza organizada dirigida a la acción no fue un recurso poético. Desde la ética aplicada, la esperanza solo tiene sentido cuando se traduce en estructuras, prácticas y responsabilidades compartidas.
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LA INFANCIA COMO LÍMITE ÉTICO
Se están cometiendo tantas infamias e ignominias contra la infancia que resulta imposible atribuirlas únicamente a la política o a las disputas de poder. La causa es más honda y más peligrosa: un profundo desconocimiento —o una negación persistente— de los valores humanos fundamentales y de los derechos esenciales de niñas, niños y adolescentes.
Cuando la infancia se convierte en terreno de disputa, de castigo, de manipulación o de revancha entre adultos, no estamos ante una diferencia de opiniones. Estamos ante una falla moral. Y cuando esa falla se repite en distintos contextos, deja de ser un caso aislado para convertirse en un problema estructural.
Desde la ética aplicada, la infancia no es un tema sectorial ni una causa emotiva. Es un límite. Allí donde ese límite se cruza de manera sistemática, cualquier discurso sobre paz pierde legitimidad.
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EL INTERÉS SUPERIOR DEL MENOR
El interés superior del menor no es una frase jurídica vacía ni una formalidad administrativa. Es un principio rector que ordena decisiones, jerarquiza bienes y establece prioridades claras. Obliga a colocar el bienestar emocional, físico, psicológico y afectivo de los niños por encima de cualquier conflicto adulto.
Cuando este principio se vulnera, el daño no se queda en lo íntimo. Se proyecta en la escuela, en la comunidad, en los vínculos futuros, en la forma en que una persona aprende —o no— a confiar. Por eso hoy ya no solo lo denuncian familias solas: lo reconocen organizaciones completas.
La infancia no tiene voz en los espacios de poder, pero sí derechos exigibles: protección, estabilidad emocional, verdad, convivencia con quienes les aman, una vida libre de violencias explícitas y encubiertas. Negarlos constituye una forma de violencia ética, incluso cuando se disfraza de normalidad.
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CUIDAR ES HACERSE CARGO
La empatía, cuando se habla de infancia, no es indulgencia ni sentimentalismo. Es responsabilidad ética. Implica escuchar lo que el niño no puede nombrar, leer lo que su conducta expresa y asumir que toda decisión adulta tiene consecuencias a largo plazo.
Por eso, cuando el Diálogo Nacional por la Paz afirma que la paz solo será posible si recuperamos nuestra capacidad colectiva de cuidar y de ser cuidados, está señalando algo esencial: sin ética del cuidado, no hay paz sostenible.
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CONCLUYENDO
Antes, la defensa de la infancia parecía una voz aislada.
Hoy, esa voz se reconoce en muchas otras.
No porque el dolor sea nuevo, sino porque ya no se acepta como inevitable.
Allí donde la infancia es herida, el futuro entero queda comprometido.
Porque proteger la infancia no es un gesto moral: es la forma más concreta de cuidar el futuro.
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