
Por Carlos Anguiano
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En el terreno de la política como en el mercado, las marcas —y con ellas las organizaciones que compiten por la atención pública— atraviesan procesos que las consolidan o las erosionan. La teoría del ciclo de vida de una marca ayuda a comprender este fenómeno aplicado a los partidos: desde su nacimiento y crecimiento hasta la madurez y, eventualmente, el desgaste si no se renueva y adapta.
Los partidos políticos son marcas políticas: conjuntos de valores, discursos e identidades que buscan conectar con la ciudadanía y traducir esa conexión en apoyo social. El concepto alude a cómo una organización política se percibe y posiciona en la mente de los ciudadanos, en un entorno competitivo.
Morena, al cumplir casi siete años consecutivos en el poder, ofrece un caso ilustrativo. Como proyecto emergente en México, nació con un posicionamiento claro y una narrativa fuerte: representarse como la fuerza capaz de concretar una “transformación” profunda del país. Como marca en crecimiento, articuló una identidad atractiva para amplios sectores, consolidándose primero como alternativa y luego como partido gobernante, mientras la oposición, fragmentada, actuó como competidor periférico.
Sin embargo, toda marca —comercial o política— que alcanza la madurez sin mecanismos efectivos de renovación corre el riesgo de entrar en desgaste si deja de conectar con sus audiencias o de adaptar sus propuestas ante cambios sociales y expectativas. En el ciclo de vida esto se traduce en la pérdida de relevancia de los significados y asociaciones que la marca había generado, una erosión de percepción que, si persiste, puede derivar en declive.
Hoy, Morena muestra síntomas de haberse asentado en esa etapa de madurez con desgaste. La crítica pública advierte una pérdida de la esencia inicial del movimiento y una percepción de rigidez burocrática que contrasta con su fase fundacional, cuando la marca tenía mayor dinamismo y un mensaje más claro para sectores amplios. Es un desgaste que no implica desaparición inmediata, pero sí una menor sintonía con expectativas sociales, especialmente entre quienes demandan respuestas claras a problemas persistentes en seguridad, economía y desigualdad.
Este desgaste no es exclusivo de Morena. La oposición en México no ha logrado consolidarse en una fase de crecimiento sostenido o de renovación que la lleve a competir de manera sólida con el partido gobernante. En términos de marca política, muchas de estas fuerzas no han construido identidades cohesionadas y atractivas que ocupen un espacio claro en la percepción ciudadana. Varias elecciones han transcurrido sin una narrativa resistente y convincente que permita a estos partidos saltar de ser alternativas marginales a opciones de gobernabilidad confiables.
A diferencia de marcas comerciales que renuevan y adaptan sus propuestas para permanecer relevantes, los partidos políticos enfrentan retos particulares: la volatilidad de la opinión pública, la fragmentación mediática y la desafección hacia la política tradicional. Estos factores exacerban el desgaste cuando no hay estrategias claras de reposicionamiento o de revitalización de la oferta pública.
El desgaste en la marca política de Morena, entonces, debe entenderse no sólo como efecto del ejercicio prolongado del poder sino como resultado de fallas en la gestión de su narrativa y de renovación organizacional. En un ciclo donde la atención ciudadana es más exigente y crítica, mantener relevancia requiere más que repetir slogans: exige respuestas concretas, coherencia entre discurso y acción y capacidad de adaptación, aspectos en los que la praxis política mexicana ha mostrado limitaciones.
Si los partidos de oposición quieren trascender su condición, deben atender la lógica del ciclo de vida de la marca política: construir propuestas claras, fortalecer identidades distintas y adaptar sus mensajes a demandas sociales en constante cambio. Así podrán competir en condiciones más equilibradas con un partido gobernante que —aunque en desgaste— conserva ventajas de visibilidad y presencia en la agenda pública.
En política como en marketing, la relevancia no se garantiza ni se conserva automáticamente. Un partido que deja de conectar con sus públicos y renovar su propuesta está, tarde o temprano, condenado a enfrentar su propio desgaste, con consecuencias para su competitividad y para la calidad democrática.
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