Por Mariana Navarro
La Verdad Jalisco
“No tenemos poco tiempo, lo que tenemos es mucho tiempo que no sabemos habitar.”
(Séneca, De brevitate vitae)
Hay una forma silenciosa de pobreza que no aparece en las estadísticas: la incapacidad de permanecer en el propio tiempo. Vivimos rodeados de relojes, calendarios, alarmas, cronogramas y metas, pero cada vez más lejos de la experiencia real del presente. Medimos el tiempo, lo organizamos, lo administramos, lo rentabilizamos… pero rara vez lo habitamos.
Y sin embargo, la pregunta no es cuánto tiempo tenemos, sino cómo existimos dentro de él.
Desde la filosofía, el tiempo nunca ha sido solo una variable externa. Martin Heidegger lo planteó con radicalidad: el ser humano no “está en el tiempo”, sino que es tiempo. Nuestra existencia no se define por lo que hacemos, sino por la forma en que nos proyectamos, recordamos y permanecemos. El tiempo no es un contenedor; es la estructura misma de la experiencia.
Henri Bergson fue más lejos al distinguir entre el tiempo del reloj y el tiempo vivido. El primero se puede medir; el segundo se siente. Uno es cuantitativo; el otro es cualitativo. La vida real —decía— no transcurre en segundos, sino en estados de conciencia. Hay momentos breves que transforman una biografía, y años enteros que pasan sin dejar huella.
Habitar el tiempo, entonces, no es detenerlo, sino volverlo experiencia consciente.
LA EPISTEMOLOGÍA DE LA PRESENCIA
Desde la psicología contemporánea y la neurociencia cognitiva, esta intuición filosófica ha encontrado respaldo empírico. Investigaciones sobre atención plena, regulación emocional y toma de decisiones muestran que el cerebro humano no está diseñado para vivir permanentemente en proyección futura. Cuando la mente habita solo el “después”, aumenta el estrés, disminuye la claridad cognitiva y se erosiona la capacidad de juicio.
El presente no es un concepto espiritual: es una condición neurológica. La conciencia necesita anclaje temporal para operar con sentido. Sin presencia, no hay profundidad; solo desplazamiento.
Carl Jung lo formuló de otra manera: una vida no integrada en el presente se fragmenta. El individuo se dispersa entre expectativas, culpas, urgencias y narrativas ajenas, hasta perder el centro simbólico desde el cual se construye identidad. Habitar el tiempo es, en este sentido, un acto de individuación: reconocerse en el propio ritmo.
EL INICIO DE AÑO: CUANDO EL TIEMPO SE VUELVE SIMBÓLICO
Enero no es solo un mes: es un umbral cultural. Un punto donde las sociedades hacen una pausa ritual para reescribir su relato. Promesas, propósitos, planes, agendas. El año comienza como una hoja en blanco… que inmediatamente llenamos de futuro.
Pero pocas veces nos preguntamos desde qué conciencia estamos diseñando ese futuro.
La cultura contemporánea inicia cada año con una paradoja: habla de cambio, pero reproduce la misma relación acelerada con el tiempo. Queremos nuevos resultados sin transformar la forma de estar. Queremos metas distintas desde la misma prisa estructural.
Habitar el tiempo al inicio de año no significa planear menos, sino planear desde presencia. No desde la ansiedad del “llegar”, sino desde la claridad del “estar”. Preguntarse no solo qué quiero lograr, sino qué tipo de tiempo quiero vivir. Qué ritmo, qué densidad, qué forma de conciencia quiero sostener.
Porque la calidad del año no depende de la cantidad de objetivos, sino del nivel de presencia con el que los atravesamos.
EL TIEMPO : CUANDO EL RECURSO SE VUELVE CULTURA
Peter Drucker lo intuía: el tiempo es el único recurso verdaderamente irrecuperable. Pero lo que hoy sabemos es que no basta con gestionarlo; hay que habitarlo. Equipos que viven en permanente urgencia tienden a decidir peor, a innovar menos y a agotarse más rápido. Liderazgos centrados, en cambio, generan contextos donde el tiempo se vuelve espacio de pensamiento, no solo de ejecución.
Una organización que habita el tiempo produce sentido, no solo resultados. Produce coherencia, no solo eficiencia.
CONCLUYENDO: LA SABIDURÍA DE QUEDARSE
Habitar el tiempo es un gesto profundamente contracultural. En una civilización obsesionada con moverse, quedarse se vuelve un acto filosófico. No quedarse por inercia, sino por conciencia. Permanecer en el instante sin necesidad de huir hacia el siguiente.
No se trata de vivir más años, sino de vivir más dentro de cada año. De recuperar una relación ética con el presente. De entender que no todo lo valioso ocurre rápido, que no toda decisión debe ser inmediata, que no toda vida tiene que ser una carrera.
Quizá el verdadero lujo contemporáneo no sea tener tiempo libre, sino tener tiempo habitado.
Y quizá el mayor acto de inteligencia —personal, social y empresarial— sea aprender, por fin, a existir dentro del propio tiempo sin pedirle al futuro que nos valide.
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