
Por Carlos Anguiano
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La relación bilateral entre México y Estados Unidos volvió a entrar en una etapa de alta tensión con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y el inicio del gobierno de Claudia Sheinbaum en México. No se trata de un conflicto abierto, pero sí de una convivencia incómoda marcada por presiones, advertencias y una diplomacia constante que busca evitar que las diferencias políticas deriven en daños económicos y sociales para ambos países.
Desde su toma de posesión en enero de 2025, Trump retomó una agenda dura hacia México, similar a la de su primer mandato, pero con mayor margen de maniobra política. Migración, tráfico de drogas, seguridad fronteriza y comercio han sido los ejes de una narrativa que coloca a México como un socio necesario, aunque permanentemente bajo sospecha. El mensaje ha sido claro: cooperación sí, pero bajo términos definidos desde Washington.
Uno de los primeros episodios de tensión ocurrió con la amenaza de imponer nuevos aranceles a productos mexicanos, argumentando una supuesta falta de control en el combate al fentanilo y a las organizaciones criminales. Aunque las medidas no se concretaron de inmediato, el solo anuncio generó incertidumbre en los mercados y encendió alertas en sectores industriales y exportadores mexicanos, conscientes de que más del 80 por ciento de las exportaciones nacionales dependen del mercado estadounidense.
Frente a este escenario, Claudia Sheinbaum optó por una estrategia de firmeza institucional y diálogo constante. Desde el inicio de su gobierno dejó claro que México mantendría la cooperación en materia de seguridad, migración y comercio, pero sin aceptar subordinaciones ni decisiones unilaterales. Su discurso, reiterado en distintos foros, ha girado en torno a la defensa de la soberanía y al respeto mutuo entre naciones con responsabilidades compartidas.
Las conversaciones telefónicas entre ambos mandatarios se volvieron frecuentes durante el primer año del gobierno de Trump. En ellas se lograron acuerdos temporales para contener amenazas arancelarias, coordinar acciones migratorias y sostener los canales diplomáticos abiertos. Sin embargo, cada llamada dejó claro que la relación se sostiene más por necesidad que por afinidad política, y que cualquier cambio en el contexto interno de Estados Unidos puede modificar el tono de la relación.
La migración ha sido uno de los puntos más delicados. Trump ha insistido en que México debe asumir un papel más activo en el control del flujo migrante hacia la frontera norte, mientras que el gobierno mexicano ha reforzado operativos y programas de atención, subrayando que el fenómeno tiene causas estructurales que no se resuelven únicamente con contención. Sheinbaum ha insistido en la necesidad de una política migratoria regional y en la corresponsabilidad de Estados Unidos.
En materia de seguridad, las declaraciones de Trump sobre los cárteles mexicanos elevaron el nivel de preocupación. Sus referencias a posibles acciones más agresivas encendieron debates en México sobre los límites de la cooperación bilateral. La respuesta oficial fue contundente: cualquier colaboración debe darse dentro del marco legal y con pleno respeto a la soberanía nacional. Este punto se convirtió en una línea roja para el gobierno mexicano.
El primer encuentro presencial entre Trump y Sheinbaum, realizado a finales de 2025, fue leído como un gesto de distensión. El tono fue cordial, pero sin anuncios de fondo. Temas estratégicos como el futuro del T-MEC, la relocalización de inversiones y la cooperación energética quedaron pendientes, reflejando una relación que avanza por tramos, sin una ruta clara de largo plazo.
Hoy, a inicios de 2026, la relación bilateral se mantiene en un equilibrio frágil. México ha logrado evitar sanciones directas, pero continúa expuesto a decisiones unilaterales del gobierno estadounidense. Estados Unidos, por su parte, depende de México como socio comercial, frontera estratégica y aliado en la estabilidad regional, aun cuando su discurso político interno empuje hacia la confrontación.
Los riesgos son evidentes para ambas naciones: volatilidad económica, tensiones sociales, afectaciones al comercio y a millones de familias que viven a ambos lados de la frontera. La historia reciente demuestra que ningún país gana cuando la relación se gobierna desde la amenaza.
En este contexto, el reto ciudadano es exigir a ambos gobiernos una diplomacia responsable, informada y de largo plazo. La estabilidad regional no depende solo de presidentes, sino de sociedades que entiendan que la cooperación, con respeto y reglas claras, sigue siendo el único camino viable.
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