Por Alejandro Huerta
El mundo está entrando en una fase peligrosa. Las tensiones globales se acumulan, las alianzas se fracturan y los márgenes de maniobra para países como México se reducen cada día. Lo que alguna vez se llamó “orden internacional” hoy parece una ficción que solo sobrevive en discursos diplomáticos.
La pregunta ya no es si vivimos una crisis, sino si estamos regresando a una era donde manda la fuerza y el miedo sustituye al derecho. Una época donde los países con menos poder económico, militar o político quedan expuestos a presiones que no se anuncian con bombas, sino con bloqueos, amenazas y operaciones “técnicamente legales” que en el fondo son actos de dominación.
México no es una isla. Y en este nuevo escenario, pretender que podemos navegar sin riesgos es una ilusión peligrosa. Hay fuerzas externas que no ven a las naciones como pueblos soberanos, sino como piezas en un tablero. Para ellos, los países no son socios: son espacios a ocupar, mercados a controlar o territorios a disciplinar.
Frente a eso, algunos sectores proponen una salida tan cómoda como irresponsable: pedir ayuda al extranjero, incluso bajo la bandera de una supuesta “salvación”. La historia, sin embargo, es brutalmente clara: ninguna intervención externa ha venido a salvar democracias; todas han venido a imponer intereses. Ninguna ha dejado pueblos libres, solo países más dependientes y más fracturados.
Lo ocurrido recientemente en Venezuela es una señal de alerta. Más allá de los nombres que se le quieran dar, fue una demostración de que hoy se puede intervenir, presionar o someter a una nación sin que exista una respuesta efectiva del sistema internacional. Organismos creados para evitar estos abusos simplemente observaron. Las potencias que se decían aliadas tampoco aparecieron.
Eso marca un precedente peligroso: si puede hacerse con uno, puede hacerse con cualquiera.
Y México no debe cometer el error de creer que está fuera de esa lógica. La defensa de nuestra soberanía no es un acto ideológico, es una necesidad de supervivencia nacional. No importa si se es de izquierda, derecha o centro: cuando un país se debilita por dentro, se vuelve vulnerable por fuera.
Por eso, la respuesta no puede ser la confrontación irracional, pero tampoco la sumisión. La respuesta debe ser unidad interna, firmeza diplomática y una sociedad que no caiga en la trampa de pedir que otros resuelvan lo que solo los mexicanos podemos defender.
Porque cuando el mundo regresa a la ley del más fuerte, solo sobreviven los países que no se arrodillan… y que tampoco se suicidan.
Para “La verdad Jalisco” Por Alejandro Huerta
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