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2025. ¿Año de cimentación polìtica?

Por Carlos Anguiano

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El año 2025 no fue electoral, pero sí profundamente político. Fue un año de acomodos, de mensajes implícitos y de silencios estratégicos. En la superficie, la escena pareció estable; en el fondo, comenzó a configurarse una etapa decisiva para el rumbo del sistema político mexicano. Los partidos, sus dirigencias y los funcionarios clave del gobierno actuaron como protagonistas de una historia que aún no revela su desenlace, pero que ya dejó pistas claras sobre lo que viene.

Morena cerró 2025 como la principal fuerza política del país, con control territorial amplio y una presencia dominante en las instituciones. Sin embargo, ese predominio no se tradujo en cohesión automática. El ejercicio prolongado del poder empezó a mostrar fisuras naturales: diferencias entre gobiernos estatales y el centro, tensiones entre liderazgos legislativos y el Ejecutivo, así como estilos contrastantes dentro del gabinete. No hubo rupturas formales ni confrontaciones abiertas, pero sí señales de desgaste y competencia interna. En política, esas señales rara vez son menores.

El gobierno federal optó por una narrativa de continuidad, estabilidad y administración ordenada del poder. La prioridad fue evitar sobresaltos y mantener control político, tanto en el Congreso como en la relación con los estados. Esa estrategia permitió cerrar el año sin crisis mayores, pero también dejó pendientes relevantes. La discusión de fondo sobre seguridad pública, crecimiento económico y fortalecimiento institucional quedó subordinada a la lógica de la gobernabilidad inmediata. En ese contexto, varios funcionarios clave comenzaron a perfilarse más como operadores políticos que como impulsores de reformas estructurales.

La oposición, por su parte, atravesó 2025 sin lograr una reconfiguración clara. PAN, y PRI continuaron arrastrando problemas de credibilidad, liderazgo y proyecto. Sus dirigencias se movieron con cautela, priorizando la preservación de espacios existentes antes que la construcción de una narrativa convincente de futuro. La crítica al gobierno fue constante, pero poco articulada. Más reactiva que propositiva. Más enfocada en señalar errores que en plantear rutas alternativas.

Movimiento Ciudadano mantuvo una estrategia distinta. Sin buscar confrontaciones frontales, apostó por el crecimiento gradual y por el posicionamiento de liderazgos locales con proyección nacional. Su reto sigue siendo el mismo: transformar presencia territorial en propuesta política integral. En 2025 avanzó en visibilidad, pero aún sin consolidar un discurso que dialogue de manera amplia con el electorado nacional.

En este año, los partidos hablaron menos de ideas y más de posiciones. La política se desplazó de la tribuna pública a los espacios cerrados de negociación. Las definiciones importantes no se anunciaron; se insinuaron. Fue un periodo de observación mutua, de lectura de escenarios y de cálculo estratégico. Un año en el que nadie quiso adelantar demasiado, pero nadie dejó de prepararse.

Todo indica que 2026 marcará un cambio de ritmo. Será el año en que las tensiones internas salgan a la superficie y los posicionamientos se vuelvan más explícitos. Las disputas dentro de Morena serán inevitables, no necesariamente por diferencias ideológicas, sino por control político y proyección futura. La oposición enfrentará una disyuntiva clave: seguir fragmentada o asumir el costo de una redefinición profunda. Y el gobierno tendrá que decidir si apuesta por una gestión conservadora del poder o si abre espacios de ajuste para preservar legitimidad.

El proceso electoral intermedio de 2027 no se perfila solo como una contienda por cargos legislativos y gubernaturas. Será una evaluación política del régimen en su conjunto. Ahí comenzará a definirse si el país se encamina hacia una reconfiguración gradual del poder o hacia la continuidad del modelo actual, con ajustes marginales.

La historia que se desarrolló en 2025 no fue espectacular, pero sí estructural. Fue el capítulo donde se acomodaron las piezas antes del siguiente movimiento. En política, los años aparentemente tranquilos suelen ser los más reveladores. No porque decidan el final, sino porque fijan las condiciones para que ese final ocurra. Y ese proceso, hoy, ya está en marcha.


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