
Por Mariana Navarro
Periodista cultural y escritora
Especialista en ética aplicada, comunicación e innovación en tecnologías con enfoque humano
«Nada justifica usar la muerte como coartada moral»
Borges escribió que el olvido es una forma de memoria deformada. En estos casos, la mentira funciona como un olvido impuesto. Se altera el archivo familiar, se reescribe el pasado y se condiciona el futuro emocional de quien aún no tiene las herramientas para defender su derecho a saber.
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Nada justifica usar la muerte como coartada moral. Ningún conflicto adulto, por doloroso que sea, autoriza a falsear la realidad de un niño. La verdad puede incomodar, pero permite elaboración. La mentira, en cambio, paraliza y confunde.
Defender el derecho de la infancia a conocer a sus abuelos, a su historia y a la verdad de sus vínculos no es una batalla privada ni una exageración afectiva. Es una exigencia ética mínima y una obligación legal clara. La infancia no puede seguir siendo el precio de los conflictos no resueltos de los adultos.
Porque cuando se le miente a un niño sobre la muerte, lo que realmente muere no es una persona: es la confianza en la palabra de quienes debían cuidar. Y esa pérdida, a diferencia de la ficción que la provocó, es real.
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EL DERECHO A LA VERDAD NO ES METÁFORA
Desde el punto de vista jurídico, esta reflexión no pertenece al terreno de la opinión. La Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por México y con rango constitucional, reconoce el derecho de niñas y niños a preservar su identidad, sus relaciones familiares y su historia personal. La identidad no se limita a un acta de nacimiento: es memoria viva, vínculo y continuidad afectiva.
La Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes garantiza el derecho a la convivencia con la familia extensa. Mentir sobre la muerte de un familiar vivo no protege al menor: lo despoja de una parte esencial de su historia y lo sitúa en una narrativa falsa que no eligió.
En el ámbito de la psicología infantil y del derecho familiar, estas prácticas comienzan a ser identificadas como formas de violencia emocional y alienación relacional, al manipular el relato afectivo del menor para resolver conflictos que no le pertenecen.
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CUANDO EL LENGUAJE SE CONVIERTE EN VIOLENCIA
Hay violencias que no dejan huella física, pero modelan la vida interior. La mentira sostenida en el tiempo es una de ellas. Al declarar muerto a quien está vivo, el adulto introduce una pérdida definitiva que no ocurrió y priva al niño de la posibilidad de elaborar el conflicto desde la realidad.
El lenguaje, en la infancia, no es solo descripción del mundo: es el mundo. Cuando el lenguaje miente, la realidad se vuelve inestable. El niño aprende que las personas pueden desaparecer sin explicación y que las preguntas no siempre tienen permiso para existir.
Especialistas coinciden en que las mentiras estructurales —aquellas que organizan la vida cotidiana— generan confusión emocional, dificultad para confiar y una percepción distorsionada de los vínculos. No se trata de un daño inmediato y visible, sino de una grieta que suele manifestarse años después, cuando la verdad emerge.
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LA VERDAD TARDE O TEMPRANO APARECE
Porque casi siempre aparece. Y cuando lo hace, el daño se duplica. No solo se descubre que una relación fue negada sin causa real; se descubre que la palabra que debía proteger fue utilizada para borrar.
En ese momento, la herida deja de ser únicamente emocional. Se vuelve ética. El niño —ya adolescente o adulto— comprende que su historia fue editada, que alguien decidió qué podía saber y a quién podía amar. La confianza en la autoridad moral del adulto se resquebraja.
El derecho no puede devolver el tiempo perdido ni los abrazos que no ocurrieron, pero sí puede nombrar el daño y establecer límites claros: la infancia no es un territorio disponible para la conveniencia emocional de los adultos.
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CONCLUYENDO
Mentirle a un niño sobre la muerte de una persona viva no es una decisión privada ni una estrategia de protección. Es una transgresión al derecho a la verdad, a la identidad y a la convivencia familiar. Es una forma de violencia silenciosa que utiliza el lenguaje para borrar vínculos y eludir responsabilidades.
La verdad puede doler, pero permite construir. La mentira, en cambio, paraliza y deja cicatrices invisibles. Ningún conflicto adulto, por complejo que sea, justifica convertir a los niños en rehenes narrativos.
Proteger la infancia no consiste en ocultar la realidad, sino en acompañarla con honestidad, incluso cuando esa honestidad exige madurez, diálogo y responsabilidad.
La muerte no puede ser usada como excusa moral.
La ley, la ética y la dignidad humana coinciden en esto:
los niños no deben pagar el precio de las mentiras que los adultos no supieron resolver con verdad.
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