
Por: Arq. Jorge Eduardo García Pulido
Director General de La Verdad Jalisco
Mientras las autoridades se llenan la boca hablando de la «Capital Mundial del Deporte» y presumen los renders futuristas de la zona del Bajío para recibir a la FIFA en 2026, la realidad subterránea de Guadalajara cuenta una historia muy distinta. Una historia de abandono, óxido y parches mal puestos.
El reciente anuncio del «Megacorte» del SIAPA no es una anécdota más de mantenimiento rutinario; es el síntoma de una enfermedad terminal en nuestra infraestructura urbana. Como arquitecto, entiendo que toda obra requiere mantenimiento, pero lo que vivimos en la Zona Metropolitana no es gestión, es colapso sistémico.
Resulta insultante para el ciudadano de a pie ver cómo se destinan recursos millonarios para embellecer los corredores turísticos, mientras bajo nuestros pies ocurre un desfalco silencioso. Es un dato técnico vergonzoso, pero real: más del 50% del agua potable que corre por nuestra red no llega a ningún grifo. Se pierde en el trayecto.
La mitad del abasto se escapa al subsuelo a través de fisuras en tuberías obsoletas que claman por una modernización que nunca llega. Estamos «regando» la tierra con agua potabilizada porque es políticamente más rentable pavimentar por encima que reparar por debajo. Vivimos sobre un colador gigante, desperdiciando el recurso más valioso mientras condenamos a colonias enteras de Tonalá y Tlaquepaque a tandeos permanentes.
La ironía es cruel: somos una ciudad que tira el agua “limpia” por falta de mantenimiento, pero que es incapaz de gestionar el agua que cae del cielo. Porque el otro gran cáncer histórico, el de las inundaciones, tampoco se ha solventado con ingeniería real, sino con promesas de campaña.
Será un espectáculo digno de verse en 2026: habrá que advertir a los entusiastas turistas coreanos, colombianos, españoles o uruguayos que, además de su boleto al estadio, empaquen su salvavidas. Así estarán listos para esta «gran fiesta sin espuma» y podrán navegar las avenidas o tomar un pintoresco paseo en las «góndolas» involuntarias en las que se convierten las estaciones del Tren Ligero —ya sea en la Línea 1, 2, 3 o la nueva 4— cuando la lluvia decida exhibir la fragilidad de nuestra planeación urbana.
El Mundial 2026 será una fiesta, sí. Pero si no atendemos la crisis del agua y el caos pluvial con la misma urgencia con la que atendemos a los patrocinadores de la FIFA, esa fiesta será en una casa que se inunda por fuera y no tiene agua por dentro.
Es momento de dejar el «urbanismo de maquillaje» y empezar a reconstruir la dignidad de nuestros servicios públicos. De lo contrario, la resaca la pagaremos, como siempre, los tapatíos.
P.D. Recordatorio a la silla municipal:
A nuestros gobernantes se les ha olvidado que el puesto de Presidente Municipal no es para ser influencer, organizador de eventos ni relacionista público internacional. Sus obligaciones son básicas, aburridas y sagradas: alumbrado público que funcione, recolección de basura eficiente, calles sin baches, panteones dignos, seguridad en la esquina y agua en la llave.
Si no pueden garantizar lo básico, no tienen derecho a presumir lo extraordinario. Cumplir con los servicios públicos es su trabajo; lo demás, es vanidad.
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