
Por: Jorge Eduardo García Pulido
Hace unos días, los titulares de La Crónica de Hoy gritaban con un entusiasmo casi religioso que «Guadalajara es Mundialista». Sin embargo, tras el confeti digital y los filtros de Instagram de la administración municipal, se esconde una realidad que huele a rancio, a esa vieja estrategia de la estética sobre la ética que el siglo XX ya nos enseñó de la peor manera. Si volvemos la vista al objetivo de Adolf Hitler en 1936, entendemos que los grandes eventos deportivos no nacieron para celebrar el espíritu humano, sino para anestesiarlo. Aquellas Olimpiadas fueron el escenario perfecto para que el mundo viera una Alemania próspera mientras el aparato de propaganda ocultaba el horror. Hoy, guardando las proporciones históricas pero manteniendo la esencia del engaño visual, Jalisco vive su propia «estetización de la política», donde la imagen de la mujer empoderada y la sonrisa perfecta de Verónica Delgadillo funcionan como el celofán que envuelve un producto vacío de gobierno.
La pregunta que queda flotando en el aire de las colonias que no huelen a pasto recién cortado de estadio es simple y dolorosa: ¿Dónde jugarán los niños? Aquel fútbol que se gestaba en el polvo del oriente, en las calles de Talpita, Oblatos, La experiencia, San Juan de Dios, entre otros, ha sido desplazado por un modelo de ciudad que solo entiende de palcos VIP y corredores turísticos. El espíritu de «cocinar primer mundo» en el oriente, esa promesa del Moa Manjar que Delgadillo García repetía como un mantra, terminó siendo una receta de microondas: rápida, artificial y solo para quienes pueden pagarla. La alcaldesa se ha convertido en la gran «youtubera» del ayuntamiento, una figura atrapada en el síndrome del Homo Videns de Sartori, donde si algo no tiene un reels con música de tendencia, simplemente no sucede. Mientras ella posa, sonríe y graba su próximo podcast, la ciudad real, la que no tiene filtros, se desmorona en inseguridad y falta de servicios básicos.
Pero en este melodrama de producción televisiva, digno de las peores épocas de la televisión mexicana, hay un guionista que opera desde las sombras. Se dice en los pasillos de palacio que detrás de la influencer está el verdadero poder, el hombre de los negocios y el pragmatismo frío: Bernardo Fernández Labastida. Para muchos dentro del propio Movimiento Ciudadano, él ha asumido el papel de un «Bernardo Iscariote», el estratega que no solo ha tejido una red de intereses económicos a la sombra del poder municipal, sino que ha sido señalado como el traidor silencioso de la figura de Enrique Alfaro. Mientras Alfaro intentaba mantener una estructura política coherente, Iscariote se dedicó a vender las monedas del movimiento al mejor postor, utilizando el ayuntamiento como una caja registradora mientras la alcaldesa cumple con su agenda de redes sociales. Es el presidente de facto, el que firma los acuerdos mientras la «protagonista» firma los autógrafos.
Esta estructura de poder, que prioriza el negocio mundialista sobre el bienestar del barrio, es una apuesta peligrosa. La derecha más recalcitrante dentro de MC ha encontrado en Delgadillo la marioneta perfecta para proyectar una «Guadalajara Global» que expulsa a sus propios ciudadanos. El fútbol, que alguna vez fue el lenguaje de la calle, ahora es el lenguaje de la gentrificación. Los niños del oriente ya no tienen espacio en este tablero de ajedrez donde las piezas las mueve Iscariote y las comenta la influencer. El costo de esta campaña anticipada, disfrazada de hospitalidad deportiva, es la pérdida de la identidad tapatía y el olvido sistemático de quienes pusieron a este grupo en el poder.
P.D. Vero: No olvides la historia reciente de esta ciudad. Emilio González Márquez creyó que los Juegos Panamericanos serían su trampolín directo a la silla presidencial y terminó en el sótano del olvido político, repudiado por la misma sociedad que intentó deslumbrar con estadios. El brillo de los reflectores de la FIFA es intenso, pero dura apenas 90 minutos; la realidad del oriente, esa que ya olvidaste, te estará esperando cuando se apaguen las luces.
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