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Comunismo, Socialismo y los “señalados” de la historia mexicana

Por: Jorge Eduardo García Pulido

Los descomulgados de la historia —judíos sefarditas, masones, comunistas— han cargado con el peso de la diferencia. No por lo que eran en esencia, sino por lo que representaban frente al poder establecido: disidencia, crítica, ruptura. Desde la expulsión de los sefarditas en la España del siglo XV, pasando por la persecución de masones en el México decimonónico, hasta el fantasma del comunismo en la Guerra Fría, la estrategia ha sido la misma: convertir la diferencia en amenaza.

Hoy, en pleno siglo XXI, esas etiquetas siguen apareciendo en campañas políticas y discursos mediáticos. El “comunismo” se desempolva como espantajo electoral, mientras el “socialismo” se usa como sinónimo de populismo. Pero ¿qué significan realmente estas palabras y cómo se han vivido en México?

El comunismo, inspirado en Karl Marx y Friedrich Engels, plantea un horizonte radical: abolir la propiedad privada de los medios de producción, eliminar las clases sociales y construir una sociedad sin Estado. Su modelo económico descansa en la planificación centralizada, sin mercado libre.

Ejemplos históricos abundan: la Unión Soviética, Cuba, Corea del Norte. En todos los casos, el comunismo se tradujo en regímenes de partido único, con fuerte control estatal y una narrativa de emancipación que, en la práctica, derivó en tensiones políticas y económicas.

En pocas palabras: ruptura total con el capitalismo.

El socialismo, en cambio, busca redistribuir la riqueza y garantizar derechos sociales, pero admite la coexistencia con propiedad privada y mercado regulado. Puede convivir con sistemas democráticos y pluralistas.

Ejemplos claros son las socialdemocracias europeas: Suecia, Noruega, Alemania. Allí, el socialismo se traduce en pensiones universales, educación gratuita, salud pública y regulación de mercados, sin abolir la iniciativa privada.

En pocas palabras: equilibrio entre justicia social y mercado.

🇲🇽 El socialismo mexicano: entre el PNR y el PRI

El PNR de Plutarco Elías Calles (1929)

· Fundado para institucionalizar la Revolución Mexicana y evitar el caudillismo.
· Se definió como partido de masas con orientación social.
· Promovió educación laica, derechos laborales y reparto agrario, aunque su socialismo fue más retórico que práctico.
· Calles buscaba orden y estabilidad, más que transformación radical.

El PRI de Lázaro Cárdenas (1938–1940)

Transformó el PNR en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), antecedente del PRI.
Implementó un socialismo nacionalista y reformista:
Reparto agrario masivo en ejidos colectivos.
Nacionalización del petróleo en 1938, símbolo de soberanía económica.
Integración de campesinos, obreros y sectores populares en el partido.
Inspirado en corrientes socialistas internacionales, pero adaptado al contexto mexicano.

El cardenismo fue, en esencia, un socialismo mexicanizado: nacionalista, reformista y pragmático.

Los judíos sefarditas, expulsados de España en 1492, encontraron refugio en distintas partes del mundo, incluido México. Su historia es un recordatorio de cómo las diferencias religiosas y culturales fueron usadas como motivo de persecución.

Al mencionarlos junto a masones y comunistas, se subraya un patrón: los grupos que piensan distinto o practican otra fe han sido convertidos en “enemigos” simbólicos para sostener narrativas de poder. La política mexicana, desde la Cristiada hasta las campañas modernas, ha heredado esa lógica de exclusión.

El socialismo cardenista nunca abolió la propiedad privada ni instauró un partido único marxista. Fue un modelo híbrido: nacionalismo revolucionario + justicia social, compatible con instituciones democráticas.

Mientras el comunismo buscaba una ruptura total, el socialismo mexicano se enfocó en redistribución y soberanía económica. Esa diferencia explica por qué, en México, el “fantasma comunista” nunca aterrizó del todo, aunque la palabra se siga usando como arma retórica.

El comunismo y el socialismo comparten raíces, pero sus caminos son distintos. En México, el PNR y el PRI cardenista se asumieron como socialistas, aunque en una versión nacionalista y reformista, muy alejada del comunismo ortodoxo.

Recordar a los sefarditas, masones y comunistas como “señalados” nos ayuda a entender que la política no solo se trata de modelos económicos, sino también de narrativas de exclusión que buscan moldear la opinión pública.

Hoy, más que nunca, conviene leer, pensar y debatir sin miedo a las etiquetas. Porque detrás de cada fantasma político, lo que realmente está en juego es la capacidad ciudadana de distinguir entre mito y realidad.


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