
Por Mariana Navarro
Periodista cultural y escritora. Especialista en I.A., ética aplicada y tecnología con enfoque humano.
“Una máquina puede imitar un gesto,
pero no puede sostener un silencio.”
—M. Yourcenar
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CUANDO LA PANTALLA DEJA DE SER HUMANA
La aparición de Tilly Norwood —la primera “actriz” creada íntegramente por inteligencia artificial— no es una anécdota tecnológica: es un parteaguas.
Una figura digital, diseñada por Particle6 y Xicoia, que sonríe, parpadea y “actúa” sin ser un cuerpo, sin historia, sin respiración.
El anuncio, celebrado por algunos como una innovación disruptiva, encendió de inmediato la polémica: sindicatos de actores, intérpretes y creativos de todo el mundo denunciaron que la IA estaba entrando en un terreno sagrado —el del rostro humano— con un atrevimiento que roza lo éticamente inaceptable.
Porque no se trata de un avance técnico.
Se trata de una frontera.
Una que por primera vez cuestiona no lo que puede hacer la tecnología,
sino qué estamos dispuestos a sacrificar para que lo haga.
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CUANDO LA IMITACIÓN SE CONFUNDE CON EL ALMA
Los defensores de Tilly argumentan que es una herramienta más, un pincel digital para contar historias.
Pero quienes conocen el oficio de la actuación saben que la esencia no está en la réplica:
está en el temblor, en el error, en la fragilidad del gesto humano.
Los sistemas que construyen avatares como Tilly fueron entrenados con millones de imágenes y videos de actores reales, muchas veces sin permiso, sin crédito y sin compensación.
Por eso SAG-AFTRA alzó la voz: la inteligencia artificial no surgió de la nada, sino del trabajo humano capturado sin consentimiento.
La pregunta ya no es si la IA puede actuar.
Es más profunda:
¿Puede una máquina transmitir una emoción que nunca ha sentido?
La actuación no es solo pose ni movimiento.
Es memoria emocional, es biografía, es vulnerabilidad.
La IA interpreta datos; un actor interpreta vida.
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EL MIEDO DEL SECTOR CULTURAL: NO AL FUTURO, SINO A LA DESHUMANIZACIÓN
La polémica no proviene del rechazo a la tecnología
—el cine siempre ha sido futuro—
sino del riesgo de borrar al ser humano del centro de la creación.
Una actriz digital no cobra, no descansa, no enferma, no exige derechos laborales.
Puede repetir cien tomas sin desgaste, sin protesta y sin contrato.
Ese abismo laboral preocupa especialmente a quienes viven de la actuación cotidiana:
los extras, los actores de reparto, los jóvenes que inician en talleres comunitarios,
la base que sostiene la industria cultural.
El riesgo no está en que exista una “actriz” artificial.
El riesgo está en que se normalice su uso para abaratar la presencia humana.
Y en cultura, cuando se abarata la presencia humana, se erosiona el sentido.
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EL CINE, EL TEATRO Y LA ÉTICA DEL ROSTRO
En Jalisco —tierra de cine, danza, teatro y artes vivas— esta discusión cae en terreno fértil.
Nos obliga a preguntarnos qué defendemos cuando defendemos la actuación:
¿El talento?
¿El empleo?
¿El arte?
¿O la dignidad de un oficio que existe porque existe un cuerpo que siente?
La irrupción de Tilly Norwood nos recuerda algo fundamental:
no todo lo que puede hacerse tecnológicamente debe hacerse culturalmente.
La cultura se sostiene en lo humano.
Su fuerza proviene del temblor, de la memoria, de la respiración.
Algo que ninguna máquina —por brillante que sea— puede encarnar.
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CONCLUYENDO: LO QUE UNA PANTALLA NO PUEDE ROBAR
La industria audiovisual puede beneficiarse de la IA.
Puede acelerar procesos, expandir mundos, abrir nuevas formas de creación.
Pero hay una frontera que no debería cruzarse:
la de reemplazar al ser humano en aquello que solo el ser humano puede ofrecer.
Una máquina puede imitar un gesto, sí.
Pero no conoce el peso de una lágrima.
No sabe lo que significa recordar, olvidar, amar, perder.
No tiene historia, y sin historia no hay actuación posible.
Si la inteligencia artificial representa la eficiencia infinita,
los actores representan el misterio irrepetible de estar vivos.
Y ese misterio —ese rostro que piensa, que duda, que late—
es una de las pocas cosas que aún no deberíamos entregar a la automatización.
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— De la serie: Ética y Tecnología con alma.
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