Lic Alejandro Huerta
“La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”… ¿a quién se le ocurriría semejante barbaridad? Más que ingeniosa, la frase revela esa necesidad vieja de culpar a los jóvenes por cosas que ellos no rompieron. Y vale la pena preguntarse: ¿de verdad la juventud es un problema para la sociedad, o es el termómetro que está marcando que algo en el tejido social ya está llegando al límite?
La llamada Generación Z —jóvenes entre 15 y 28 años— no solo vive en un mundo distinto: nació en uno completamente nuevo. Son nativos digitales, criaturas de la inmediatez informativa y la multitarea. No conocen la vida sin smartphones, sin internet, sin pantallas. Prefieren lo visual, lo breve, lo dinámico. Pero lejos de ser “frívolos” como algunos dicen, tienen un compromiso social y ambiental que ya quisieran muchas generaciones anteriores.
Además, entienden y valoran la diversidad como algo natural. Se mueven con más flexibilidad entre identidades, roles y expectativas. Quieren trabajos que no los consuman, estudios que se adapten a ellos, vidas que no les arranquen la salud mental. Y es que, a diferencia de sus mayores, ellos sí hablan de ansiedad, depresión, límites y bienestar. No lo esconden: lo nombran, lo problematizan, lo cuestionan.
Claro, esta apertura también revela su fragilidad: mayores índices de angustia, poca tolerancia a la frustración, necesidad de aprender más autogestión emocional. Pero ojo: esa vulnerabilidad convive con un rasgo clave de esta generación: son pragmáticos y emprendedores, capaces de construir soluciones desde cero si no existen.
Y a todo esto, hay que sumar el contexto que les tocó. Llegaron a un país marcado por una década y media de violencia normalizada a causa de un ex presidente espurio que decidió “declarar la guerra” al crimen organizado sin estrategia ni responsabilidad. Nacieron en un entorno social, político y económico lleno de grietas. Y cuando apenas empezaban a definirse, les cayó encima una pandemia que les arrebató espacios, rutinas y vínculos, y que —sin pedir permiso— los volvió rehenes de la tecnología que ya habitaban, pero que ahora se convirtió en única ventana al mundo.
La juventud es la evidencia viviente de que a este país le urge atender un mal que está aquejando no solo a esta generación y no por marchas falsas con fines políticos. Son el aviso, la señal roja, el síntoma.
Casi una tercera parte de la población mexicana pertenece a esta generación. Y sí, el Estado tiene la responsabilidad de atender esta sintomática de manera urgente. En el sexenio pasado, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador priorizó a los adultos mayores; no fue dolo, simplemente la cobija no daba para todos. Hoy existen varios programas sociales, pero no basta, especialmente cuando hablamos de seguridad.
En muchas regiones, ser joven es un factor de vulnerabilidad: reclutamiento forzado, desapariciones, falta de espacios seguros. No es paranoia, es estadística. Y aun así, a los jóvenes se les pide “tener aspiraciones”, como si se pudiera construir un futuro a base de pura voluntad cuando lo que falta son condiciones. No es una casualidad que la principal causa de muerte en estos jóvenes sea el homicidio y el suicidio.
El mercado laboral tampoco perdona. Un “primer empleo” que muchas veces es sinónimo de abusos disfrazados de “experiencia”.
Pero quizá lo más grave es la desconfianza institucional. No es apatía: es cansancio. Es incredulidad hacia gobiernos que tanto les han fallado. No es que sean apáticos; no confían en sistemas que les piden paciencia mientras el mundo avanza a una velocidad que no perdona la lentitud burocrática.
Es una generación que carga con culpas ajenas, lo que hoy les duele a ellos mañana será un síntoma irreversible para todos. Quizá la juventud no está perdida —como se ha repetido hasta el cansancio—; el que está perdido es el Estado, y muchas veces también las familias, que no hallan la brújula Ya no sirven los sermones: toca abrirles camino. No para “salvarlos”, sino para no estorbarles mientras intentan arreglar un mundo que no les tocaba y que, sin embargo, se está cayendo a pedazos y solo ellos tienen la fuerza para armarlo de nuevo, pues son columna vertebral de cualquier sociedad.
Y aun así, esta juventud resiste. Crea. Se organiza. No se deja.
Se dice que son frágiles, distraídos, “de cristal”, encerrados en pantallas y poco comprometidos. Pero cuando uno mira sin prejuicios ni nostalgia barata, aparece una verdad distinta: están sosteniendo más de lo que les correspondía… y aun así están creando caminos donde los adultos solo vieron muros.
Enfrentan un mundo acelerado como un bólido, ansiedad que se filtra como humedad y se queda como huésped incómodo, crisis climática, violencia cotidiana y oportunidades que parecen boletos de lotería. A pesar de eso, no temen cuestionar lo establecido: abandonan carreras que no los llenan, cambian de rumbo sin disculparse, rechazan empleos donde el respeto es opcional.
En un país donde las instituciones caminan lento, esta generación tiene que voltear atrás para buscar dónde quedó la esperanza que les prometieron para construir un proyecto de vida. Porque siempre hay un proyecto de vida.
Resisten de formas distintas: sin gritos, sin ademanes estridentes, sin marchas manipuladas. Se expresan sin pedir permiso a editoriales, partidos o líderes. Toman la cultura y la mezclan sin miedo: música, memes, política, ciencia. Todo cabe. Su identidad se transforma, muta, se rediseña sin pedir autorización.
Y aunque el mundo les pide demasiado, A esta generación le exigimos que sea productiva, brillante y resiliente, mientras le heredamos precariedad salarial, ansiedad social, violencia normalizada y un planeta en terapia intensiva. Les pedimos que estén “motivados”, aunque sepan que un título ya no garantiza nada y que el futuro se siente más como un boleto sin destino que como una oportunidad.
Pero lo más duro y admirable— es que no han perdido la esperanza. Aunque sea una esperanza tozuda, terca, hecha a pulso, sostenida con uñas. Siguen creyendo que algo se puede hacer. Siguen imaginando un país que muchosadultos ya dieron por perdido.
La verdad incómoda es que no son una generación rota. Es el estado el que está quebrado. Ellos simplemente aprendieron a vivir en medio de las grietas.
Un país que no invierte en su juventud no fracasa en el futuro: fracasa desde ahora. Y México, si quiere dejar de decir que los jóvenes “son el futuro”, tendría que empezar a tratarlos como presente.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que La Verdad Jalisco no se hace responsable de los mismos.


