Close

8M: El peso de los siglos y el imperativo de desaprender

Screenshot

Por: Jorge Eduardo García Pulido

La conmemoración del Día Internacional de la Mujer nos obliga a mirar más allá de la superficie y hurgar en los cimientos mismos de nuestra estructura social. El machismo no es un fenómeno espontáneo, sino el resultado de una construcción milenaria que encontró en la norma religiosa y legal su principal vehículo de perpetuación. Al analizar los orígenes de este sistema, es imposible ignorar la transición de los 613 preceptos de la ley judía hacia la síntesis de los diez mandamientos, un proceso donde la identidad femenina fue sistemáticamente diluida bajo la figura de la propiedad.

Desde la cosmovisión judaica antigua, la fe no se estructuró sobre la base de la igualdad. Por el contrario, la mujer aparecía en los textos sagrados supeditada a una figura masculina; primero al padre y después al esposo. Incluso en el decálogo, la mención hacia lo femenino queda reducida a la categoría de posesión al exhortar a no codiciar la mujer del prójimo, ubicándola en el mismo renglón que los bienes materiales o el ganado. En este contexto, la mujer tenía dueño y su valor residía exclusivamente en su capacidad de preservar el linaje y la pureza de la raza. Ella era el recipiente de la descendencia, el vehículo para que la sangre y la herencia no se perdieran, pero carecía de una autonomía jurídica o espiritual propia.

Este bagaje histórico ha dejado una huella profunda en la psique colectiva. Aunque las leyes han evolucionado, el machismo persiste como un residuo atávico en la mente de todos, manifestándose en prejuicios que parecen invisibles pero que dictan comportamientos cotidianos. El concepto de linaje y propiedad ha mutado en formas modernas de control y desigualdad que todavía permean nuestras instituciones y hogares. Es aquí donde radica la urgencia de este tiempo: el reconocimiento de que la estructura que nos formó está viciada por una jerarquía injusta que ha silenciado la voz femenina durante generaciones, reduciéndola a un rol secundario en la historia oficial.

Es fundamental comprender que el 8 de marzo no es un día de fiesta, sino una conmemoración que nace de la lucha obrera y el sacrificio de mujeres que exigieron condiciones dignas y derechos fundamentales. Por ello, es importante dejar de felicitar a las mujeres en esta fecha como si se tratara de un festejo romántico o social. La felicitación vacía ignora la raíz de la protesta y la deuda histórica que aún persiste. Lo que se requiere no son flores ni halagos, sino la comprensión profunda de que el respeto y la aceptación son las únicas herramientas reales para lograr una transformación profunda en nuestra convivencia. El cambio no es un gesto de cortesía, sino un acto de justicia básica.

A principios de la década de 1970, figuras como Ruth Bader Ginsburg, conocida en su círculo íntimo como Kiki, llevaron esta lucha al terreno de lo constitucional. Su labor fue decisiva para integrar la perspectiva de género y el reconocimiento pleno de la palabra libertad vinculada a la mujer en la Constitución de Estados Unidos. Su legado nos recuerda que las leyes deben ser el reflejo de una sociedad que evoluciona. Celebrar el 8M hoy implica un ejercicio consciente de desaprendizaje para transitar de la visión de la mujer como preservadora de un linaje a la visión de la mujer como un ser humano íntegro y soberano. La verdadera evolución social ocurrirá cuando logremos desterrar la idea de posesión y aceptemos, finalmente, que por encima de cualquier tradición o dogma, todos somos, ante todo, personas.

P.D. Es imperativo dejar de juzgar las formas de protesta y la radicalización que se manifiesta cada 8 de marzo, una crítica que lamentablemente surge en ocasiones desde las mismas mujeres. Si bien el movimiento busca eliminar la sexualización y cosificación femenina, debemos entender una verdad fundamental: ¿para qué sirve el patrimonio de la humanidad si no hay humanidad que lo habite y lo goce en plenitud? Mientras las leyes no sean justas y la protección sea una simulación, el dolor y la frustración seguirán siendo la bandera ideológica de este movimiento. Aquellas que salen a las calles no lo hacen de forma aislada; ellas hablan por todas y para todas, recordándonos que el valor de una vida siempre estará por encima de cualquier muro o monumento


Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que La Verdad Jalisco no se hace responsable de los mismos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

0 Comments
scroll to top