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El apretón después del portazo

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Por Amaury Sánchez G.

En política, los portazos no siempre significan salida. A veces son apenas el ruido necesario para que del otro lado abran la puerta con más cuidado.

El coordinador de Morena en el Congreso de Jalisco, Miguel de la Rosa, se plantó en tribuna y anunció que retiraba “toda cortesía política” a Movimiento Ciudadano. La frase sonó a ruptura, a línea divisoria, a fin de los saludos tibios en los pasillos alfombrados. Sonó a declaración de guerra civil legislativa.

Pero días después, el mismo diputado estrechaba la mano del secretario general de Gobierno, Salvador Zamora. Foto, mensaje institucional, llamado al diálogo. Sonrisas medidas. Tono civilizado. Como si el portazo hubiera sido apenas un ensayo de acústica.

¿Contradicción? No. Política.

En Jalisco gobierna Movimiento Ciudadano. En el Congreso, Morena es oposición con aspiraciones de gobierno. Y cuando la oposición crece en encuestas, ya no le sirve parecer comparsa; necesita parecer alternativa. Eso explica el discurso. Pero cuando la alternativa aún no gobierna, tampoco le sirve incendiar el edificio en el que piensa instalarse mañana. Eso explica la reunión.

De la Rosa dijo lo que su base quería oír: basta de cortesías. Basta de tolerancias. Basta de silencios prudentes mientras la violencia muerde y el transporte sube y el agua escasea. El mensaje era interno: “no somos aliados disfrazados”. Era un guiño a la militancia que sospecha de las negociaciones discretas y exige confrontación abierta.

Pero el poder no se ejerce solo desde el micrófono. También se administra desde la mesa cerrada. Y ahí aparece Zamora, operador institucional, recordando que la gobernabilidad no se sostiene con discursos encendidos sino con votos suficientes.

El retiro de la cortesía fue presión. El apretón de manos fue gestión de daños.

Porque la verdad es incómoda: ninguno puede romper del todo.

Morena no puede dinamitar cada reforma si quiere gobernar mañana sin heredar ruinas. Movimiento Ciudadano no puede ignorar a la principal fuerza opositora si necesita mayorías calificadas y estabilidad política. Ambos necesitan el conflicto… pero dosificado.

En la tribuna se combate; en la oficina se negocia. Así funciona el poder en los estados donde la competencia es real y el 2027 ya respira en el cuello de todos.

El discurso de De la Rosa tuvo destinatarios múltiples. A su militancia le dijo: “No más complacencias”. Al gobierno estatal le advirtió: “Podemos escalar”. A la Federación le mostró disciplina estratégica: tensión sin ruptura. Y al empresariado le dejó una garantía implícita: no habrá caos institucional.

La política es teatro, sí, pero teatro con presupuesto, contratos y reformas en juego.

¿Hubo negociación específica? Es probable. Ninguna reunión de ese nivel se limita a intercambiar cortesías. Cuando un coordinador anuncia ruptura y luego dialoga, el lenguaje verdadero no está en los comunicados sino en los compromisos tácitos.

Reformas pendientes, tiempos legislativos, control de daños en seguridad, acuerdos sobre agenda pública. Nada de eso se anuncia; se administra.

¿Es incoherente? Solo para quien confunde retórica con estrategia.

La oposición que no presiona es irrelevante. La oposición que solo presiona es irresponsable. La habilidad está en tensar sin romper. En mostrarse duro sin volverse imprudente. En incendiar el discurso mientras se preserva la estructura.

Movimiento Ciudadano tampoco es ingenuo. La foto con el coordinador morenista envía su propio mensaje: aquí no hay aislamiento. Aquí hay diálogo institucional. Es una manera de neutralizar el efecto del portazo sin conceder derrota.

Lo que vimos no fue reconciliación. Tampoco ruptura. Fue reposicionamiento.

Morena necesitaba dejar claro que la cortesía no es subordinación. Movimiento Ciudadano necesitaba recordar que la gobernabilidad no es debilidad.

En el fondo, ambos juegan la misma partida: administrar el conflicto hasta que llegue la elección. Polarizar lo suficiente para movilizar, pero no tanto como para paralizar.

Porque en política estatal, la verdadera batalla no está en el discurso incendiario ni en la fotografía sonriente. Está en el cálculo frío de quién llegará más fuerte al próximo ciclo electoral.

El portazo fue para la galería.

El apretón fue para el sistema.

Y en Jalisco, el sistema —aunque rechine— sigue funcionando.


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